El espiral del miedo – parte 2: ¿por qué tenemos tanto miedo?

 

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En la primera parte de esta nota presentamos el espiral del miedo, un modelo que consiste en 4 niveles, desde el deseo inhibido a la acción masiva. Si aún no la leíste podés acceder a dicha nota aquí.

En dicha nota hablamos de que el miedo tiene una función adaptativa, y que dicha función puede ayudarnos a sobrevivir y a evitar grandes peligros. Esto está claro en términos del miedo como emoción de supervivencia, pero ¿por qué tenemos tanto miedo en situaciones que no son de vida o muerte? Esta nota busca contestar esa pregunta.

 

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El miedo a hablar en público

 

Un ejemplo de esto podría ser hablar en público. Si lo pensamos sabemos que no se trata de una situación de gran peligro pero sin embargo nuestro miedo muchas veces surge como si lo fuera.

El comediante de stand up Jerry Seinfeld dice algo a modo de broma pero que resulta ser una gran verdad. Dice que el miedo a hablar en público es el miedo número uno que tienen las personas y en segundo lugar viene el miedo a la muerte. Esto significa que para la persona promedio que va a un funeral, si tuvieran que elegir, preferirían ser el cadáver en el ataúd que el cura que da el sermón.

Más allá de la broma, lo que dice Jerry sobre los miedos es verdad: las personas en general tienen tanto o más miedo a hablar el público que a la muerte. 

 

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¿Por qué ocurre esto?

 

Estudios realizados por Naomi Eisemberger en la Universidad de California Los Ángeles (UCLA) responden esta pregunta. Según esta investigadora, la exclusión social de cualquier tipo puede producir un enorme dolor emocional, que para nuestro cerebro y nuestro cuerpo se siente de manera similar al dolor físico, y como algo extremadamente dañino para nuestra supervivencia.

Según esta investigadora, la tendencia a sentir la exclusión social como un gran dolor físico se desarrolló en los seres humanos como un mecanismo de defensa de la especie. Dado que pasamos varios años de nuestra vida como infantes donde necesitamos cuidado, es importante que nos mantengamos cerca de nuestro grupo social. Si no lo hacemos no vamos a sobrevivir.

Hablar en público es un ejemplo de esto ya que al hablar frente a otras personas nos hace percibir el riesgo del rechazo. El miedo entonces surge ante la posibilidad de rechazo masivo, el cual podría producir una humillación y alejarnos del grupo, lo cual puede ser percibido como que no vamos a sobrevivir.

Esto puede ocurrir también en otros tipos de rechazo. Por este motivo el rechazo en general es muy temido. Aunque no se trate de una situación de vida o muerte; hay una parte de nosotros que así lo cree.

 

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El miedo al fracaso

 

Otro gran miedo es el miedo al fracaso. Muchas personas tienen miedo a fracasar. Entiendo que en algunos casos esta situación podría ser realmente de vida o muerte. Por ejemplo, si alguien invierte todo su dinero en un nuevo proyecto y dicho proyecto fracasa podría ver amenazada su supervivencia. 

Sin embargo, existen casos en los cuales también tememos a pequeños fracasos que no resultan una gran amenaza. ¿Será que estos fracasos son también percibidos como rechazos sociales? En algunos casos esto podría ser verdad. Por ejemplo, si vendo un nuevo producto y nadie lo compra quizás pueda sentir que la sociedad me rechazó al no interesarse por mi producto. En estos casos estamos en una situación similar al caso de hablar en público.

¿Qué otro mecanismo puede hacer que tengamos tanto miedo al fracaso? 

 

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Nuestros miedos más profundos

 

Otra teoría que podría explicar la intensidad de nuestros miedos es la de Tony Robbins, quién dice que todos tenemos dos grandes miedos: el miedo a no ser suficiente, y como consecuencia de eso el miedo a que no nos van a amar.

Estos miedos son desarrollados de muy chicos.

Cuando somos bebés nos dan amor incondicional. Cualquier persona que tenga al menos un hijo puede identificarse con esta situación. De hecho, este amor incondicional puede explicarse a través de la neurociencia. Tanto durante el parto como al amamantar, el cerebro de la mamá genera oxitocina, una hormona y neuropéptido asociada con el afecto, la confianza y el alivio al miedo social, conocida también como la hormona del amor. Dicha hormona crea un gran apego entre madre e hijo, y contribuye a ese amor incondicional que las madres tienen por los hijos.

Está situación no dura para siempre. Cuando dejan de amamantarnos la situación cambia. Según Robbins, cuando empezamos a crecer comenzamos a sentir que ese amor incondicional ya no está tan presente. Creo que esto no solamente se da por el cese de la oxitocina, sino también por el proceso natural de crecimiento del niño, quién se va volviendo cada vez más independiente. A partir de ahí, ya no necesita tanto apego ni tanta atención de los padres.

Es en este momento de niños, cuando crecemos y comenzamos a tener menos atención de nuestros padres que la que teníamos cuando bebés, es cuando según Robbins surge uno de nuestros miedos más profundos. ¿Qué ocurre que antes nos daban tanta atención y ahora no la tenemos? Esto puede verse exacerbado si nuestros padres tienen más hijos dado que ahora ese amor incondicional se traslada a otra persona. Esta falta de atención percibida puede producir un miedo similar a la exclusión social explicada anteriormente.

 

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En ese momento esa falta de atención nos da una fuerte motivación a recuperarla. Para eso, cada niño crea una estrategia diferente. Alguien podrá llamar la atención haciendo algo que los padres quieren que haga, por ejemplo portarse bien. Si obtiene la atención buscada, ese niño va a seguir haciendo lo correcto, y quizás desarrolle la creencia de que para ser querido es necesario «ser un buen chico y hacer siempre lo correcto».

Otro niño podrá llamar la atención haciendo algo divertido. Si esto logra el objetivo quizás sea el comienzo de un comediante. Otro podrá caerse y lastimarse para que sus padres vengan corriendo a ayudarlo. Si logra su objetivo podrá ser el comienzo de una persona que tiende a sentirse víctima y tener una vida difícil para que otros sientan compasión por él. Otro alcanzará un gran logro, etc.

 

Estas estrategias que creamos pueden acompañarnos toda la vida sin que seamos conscientes de ello.

 

Resulta interesante preguntarnos hoy en día cuantas de las cosas que hacemos siguen estando influenciadas por ese miedo a no ser suficiente.

 

Para concluir y a modo de resumen, muchos de los miedos que tenemos en situaciones que no resultan de vida o muerte, pueden estar siendo percibidas como tales por nuestro cerebro y nuestro cuerpo, dado que de alguna manera se generan por percibir una situación como un potencial rechazo social, o nos recuerdan nuestros miedos más profundos de que no somos suficiente y como consecuencia no nos van a amar, algo que también puede estar condicionado a una situación de vida o muerte. 

El solo hecho de entender este mecanismo puede ayudarnos a cambiarlo. Una vez que lo entendemos podemos hacernos preguntas para evaluar nuestra vida y a partir de ahí saber donde puede ser necesario realizar cambios. Para eso te propongo que te hagas las siguientes preguntas:

 

  • ¿Cuáles son mis mayores miedos?
  • ¿Qué intención tienen esos miedos? ¿De qué quieren protegerme?
  • ¿En qué aspectos de mi vida busco sentirme suficiente para otros?
  • ¿Qué acciones puedo estar realizando que no sean del todo de mi agrado pero busquen satisfacer a otras personas?
  • ¿Qué comportamientos destructivos podría reemplazar por otros más constructivos que tengan la misma intención?
  • ¿Qué cambios puedo hacer en mi vida para aceptarme más a mí mismo sin necesitar tanto de la aprobación de los demás?

 

Te sugiero que te  tomes un momento de tranquilidad para contestar estas preguntas en profundidad y que a partir de ahí puedas identificar los cambios necesarios en tu vida para vivir más alineado con la persona que te interesa ser.

Saludos

Martin

 

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